Del resolver al diseñar: creatividad para República Dominicana

La creatividad no es un adorno. Es una manera de plantear los problemas, y el país la necesita tanto como necesita datos y presupuesto.

Cuando se habla de creatividad, casi siempre se piensa en lo mismo: un logo, una campaña, una canción, alguien con talento. Algo que se añade al final, cuando lo importante ya está decidido.

Yo la entiendo de otra manera. La creatividad es una disciplina para mirar un problema desde el lado de la persona que lo vive, formular mejor la pregunta y probar respuestas antes de apostar todo a una. Entendida así, no pertenece solo a las agencias ni a los artistas. Sirve para pensar una escuela, un centro de salud, un destino turístico o un trámite público.

Este artículo propone una idea sencilla: República Dominicana ya es un país creativo en lo cotidiano, y el reto es llevar esa capacidad de lo individual a lo compartido. Pasar del resolver al diseñar.

Un país que resuelve

Los dominicanos tenemos un verbo que lo explica casi todo: resolver. Resolvemos cuando falta la luz, cuando el dinero no alcanza, cuando el camino está cortado, cuando un papel no aparece. Es ingenio real, y merece respeto.

Pero resolver tiene un límite. Cada solución se queda con quien la inventó. Mañana otra persona enfrentará el mismo problema y tendrá que ingeniárselas de nuevo, desde cero. El ingenio se gasta en sobrevivir al sistema en lugar de mejorarlo.

Diseñar es otra cosa. Es tomar lo que alguien resolvió, entender por qué funciona y convertirlo en algo que sirva a muchos y dure en el tiempo. Un país avanza cuando sus buenas soluciones dejan de depender de la astucia de cada quien.

El problema casi nunca es la falta de ideas

En las conversaciones sobre desarrollo de República Dominicana sobran diagnósticos y propuestas. Lo que suele faltar es una pregunta bien hecha.

Un ejemplo. «¿Cómo creamos más empleos para los jóvenes?» es una pregunta legítima, pero lleva casi siempre al mismo tipo de respuesta: programas, incentivos, cifras. Si la cambiamos por «¿qué tendría que ver un joven en su propio pueblo para imaginar su futuro ahí?», aparecen otras respuestas: referentes cercanos, oficios visibles, negocios locales que compran y contratan, razones para quedarse.

Otro. «¿Cómo atraemos más turistas?» no es lo mismo que «¿qué haría que un visitante saliera del hotel y gastara en la comunidad de al lado?». La primera pregunta se responde con promoción. La segunda obliga a mirar la calle, el transporte, la oferta, la confianza.

Reformular no resuelve nada por sí solo. Pero una pregunta estrecha produce soluciones estrechas, y cambiar el ángulo suele ser la forma más barata de encontrar opciones que nadie estaba considerando.

Cuatro hábitos del oficio creativo que sirven para lo público

Escuchar antes de idear. En el trabajo creativo serio nada empieza por la idea. Empieza por entender a quién le hablas: qué le preocupa, qué palabras usa, qué ha intentado ya. Una política pública pensada sin esa escucha se parece a un anuncio hecho para gustarle a quien lo encargó.

Tratar las restricciones como material. Poco presupuesto, poco tiempo y muchas reglas no son excusas para no crear. Son el encargo. Los mejores trabajos suelen salir de límites claros. Un país con recursos limitados necesita más esta habilidad que uno al que le sobran.

Probar en pequeño. Antes de producir algo caro se hace un boceto, una maqueta, una prueba con pocas personas. Equivocarse ahí cuesta poco. Muchas iniciativas fallan porque se lanzaron completas, a escala nacional, sin haber comprobado primero si alguien las entendía o las quería.

Hacerse entender. Una idea que nadie comprende no existe. Explicar con sencillez algo complejo, sea una tecnología, una ley o un servicio, es trabajo creativo de primer orden. Buena parte de la desconfianza hacia las instituciones nace de mensajes que nadie se tomó el trabajo de aclarar.

Lo que la creatividad no puede hacer

Conviene decirlo para no vender humo.

La creatividad no sustituye la evidencia. Una idea atractiva sin datos que la respalden es una ocurrencia, y las ocurrencias con presupuesto público salen caras.

Tampoco sustituye a las instituciones. Un buen diseño no sobrevive si nadie lo mantiene, lo financia y rinde cuentas por él.

Y no es comunicación cosmética. Cuando se usa para maquillar lo que no funciona, la creatividad pierde su valor y la gente lo nota. Su lugar está al principio, cuando se define el problema, y no solo al final, cuando toca anunciar la solución.

Dónde empezar

No hace falta un ministerio de la creatividad. Hacen falta espacios donde personas de distintos oficios miren juntas un mismo problema: una maestra con un diseñador, un médico con un programador, un agricultor con alguien que sepa de mercados. Las combinaciones poco habituales son la fuente más confiable de ideas nuevas.

También hace falta documentar. Cada comunidad, empresa o institución que resolvió algo bien tiene un conocimiento que podría ahorrarle años a otra. Reunirlo y compartirlo es el propósito de Perspectivas, y es donde la creatividad y el conocimiento abierto se encuentran: una aporta nuevas maneras de mirar, el otro permite que lo aprendido no se pierda.

El ingenio ya lo tenemos. La tarea es darle método, ponerlo a trabajar en común y dejarlo por escrito, para que la próxima persona no tenga que resolver sola lo que otros ya resolvieron.


Este es un artículo de opinión. No cita estadísticas: lo que afirmo sobre el país es mi lectura personal y está abierta a discusión.